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Érase una vez un hombre que formó un camino espiritual y al que todos consideraban una persona muy ilustrada.

Sus seguidores adoptaron la costumbre de registrar en un libro todas las instrucciones que el maestro daba. Con el paso de los años, el libro alcanzó un considerable volumen con un copioso registro de toda clase de instrucciones.

A los seguidores de este camino se les aconsejaba no hacer nada sin primero consultar en el libro santo. Donde quiera que fueran, sin importar qué hicieran, debían consultar el libro, una especie de manual para guiar sus vidas.

Un buen día, mientras cruzaba un puente de madera, el maestro cayó al río. Los seguidores estaban allí, junto a él, pero ninguno sabía qué hacer en tales circunstancias. Decidieron entonces, consultar al libro santo.

Ayuda, – gritaba el maestro. No sé nadar

– Espere unos momentos, Maestro. No se ahogue – respondieron los discípulos. Estamos consultando el libro santo. En algún lugar tienen que estar las instrucciones a seguir en caso de que usted caiga al río mientras cruza un puente de madera.

Mientras los discípulos recorrían las páginas del libro buscando las instrucciones apropiadas, el maestro desapareció bajo el agua..

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